2 de enero de 2012

Hay amores...

El teléfono sonó a las cuatro de la mañana, despertándonos a todos. Ya sabíamos de dónde era el llamado, ya sabíamos qué iba a decir el interlocutor. Me senté en mi cama y miré la silueta de mi mamá. “Ya está” dije, suspiré y me recosté de nuevo, pero ya no podía dormir. Sin embargo, estaba sumida en una profunda e inexplicable paz.
Cuatro horas después, luego de desayunar, me arreglé sin ganas. Me calcé unas botas, un suéter negro (correspondiente al luto) y un abrigo largo de cuero también negro, pero guantes y boina de color blanco. El frío era insoportable, aunque hubiera sol. Era un día hermoso, cruel ironía.
Caminé en silencio hasta llegar a la casa velatoria, donde vislumbré a mis primos en la puerta. Los saludé con un abrazo, sin mencionar lo que había pasado. Y allí me quedé, casi todo el día afuera, soportando el frío, entrando de vez en cuando a saludar o reconfortar a algún familiar.
No sé cuánto tiempo había pasado, que decidí entrar y acercarme lentamente al lugar donde yacía mi adorado bisabuelo. Pero no me atreví a estar muy cerca. Me senté en una silla lo más cerca de él que pude, a unos cinco metros. Cerca mío había una diminuta anciana, con pelo lacio hasta los hombros y unos ojos de color azul profundo. Su cara denotaba la tristeza que muchos en la sala no demostraban. Yo nunca la había visto en mi vida, y me llamó la atención la lentitud con la que se acercaba a mi bisabuelo, con un ramo de flores en su mano. Decidí pararme y seguirla, casi a la misma velocidad que ella. Busqué con la mirada a mi abuelo, que hizo lo mismo. Los tres llegamos al cajón al mismo tiempo, yo con la mirada fija en ella, no me atrevía a mirarlo a él.
        Pobrecito – dijo, sin mirarnos a mi abuelo ni a mí. Su voz contenía el llanto.
        ¿Usted lo conocía a mi papá? – preguntó mi abuelo.
Ella sonrió y le tomó una mano a mi difunto Tata Piri. Depositó lentamente las flores a sus pies con la otra mano. Suspiró varias veces y una lágrima se le escapó. Tomó aire y dijo:
        Yo fui su primera novia. Él tenía once y yo diez. Nos escapábamos todos los días a vernos, cosas de chicos. Él ya trabajaba y era muy buen mozo, y siempre tocaba en la guitarra las canciones que a mí me gustaban… Mi papá cuando se enteró que yo tenía novio me dio una paliza que ni te cuento! Pero yo lo seguía viendo, y mi papá me seguía golpeando. A él también le pegaban, porque éramos muy chicos. Pero nos íbamos a casar. Íbamos de la mano a todos lados. Yo fui su primera novia…
        ¿Y qué pasó? – no pude evitar interrumpirla.
        Él se mudó, pero me seguía escribiendo cartas. Yo lo amaba mucho a Piri. Muchos años nos escribimos, hasta que en una carta él dijo que se había enamorado y que se iba a casar con una mujer un poco más grande que él… así que yo hice también mi vida, me casé y tuve hijos. Pero nunca me olvidé de mi primer novio… Y miralo pobrecito ahora, hace casi setenta años que no lo veía… Qué viejito se puso… Y nunca pude despedirme de él...
Miré a mi abuelo, y vi que estaba casi tan emocionado como yo. Él sonrió y le dio unas palmadas en la espalda. Ambos le dijimos que era una hermosa historia…
Salí nuevamente y me dirigí a una plaza. Allí me senté en una hamaca y lloré. Era una mezcla de tristeza, pero de emoción también. Ella no lo veía desde hacía setenta años, y no lo había olvidado. Vio en aquel difunto anciano al niño que la tomaba de la mano, que le cantaba sus canciones favoritas. Y aunque la haya conocido en ese momento, jamás olvidaré su cara, ni sus ojos, ni su historia.

"Hay amores, que se vuelven resistentes a los años, como el vino que mejora con los años. Hay amores, que parece que se acaban y florecen y en las noches del otoño reverdecen..." (Shakira - Hay amores (El Amor en los Tiempos del Cólera)



Dedicado a mi Tata Piri, y a su primera novia (que nunca supe su nombre).