Miró la hora y casi se infarta. En un rato iban a llegar las chicas y ella se había quedado tirada en el sillón viendo Sábado Bus. No obstante, Cenicienta siempre tuvo una cierta habilidad para limpiar con rapidez. La casa estaba reluciente, ella misma podía ver su reflejo en el piso. Guardó las escobas, los trapos de piso, las botellas de Poett de distintos colores; se dio un baño fugaz y se puso el clásico vestido celeste… pero modificado, lo había hecho cortar, y si se agachaba, literalmente se le veía todo. Pero no le importó.
Sonó el portero y se sobresaltó.
– ¿Quién es? – preguntó.
– Soy yo, trola, abrime – respondió la voz de Rapunzel.
Cenicienta acciona el portero, y dos minutos después su amiga estaba tocando el timbre de su casa. Cuando abre la puerta, sonrió con perversión.
– Y me decís trola a mí… mirate! – sonrió Cenicienta, al tiempo que la dejaba pasar y le daba un beso en la mejilla.
Rapunzel vestía una mini pollerita lila, junto con una musculosa del mismo tono, y unas medias de red bastante provocativas… sonrió ante el comentario de su amiga, y de entre su pelo sacó una botella de fernet.
– Huuoouuuh – dijo Cenicienta – ¿Sabés como se va a poner una que yo sé con esto, no?.
– Si es mas floja… – respondió su amiga con desdén. – ¿Soy la primera?
– Sí, las otras vienen juntas, se fueron a depilarse, les hacían descuento por ir en grupo.
– Ya era hora! No entiendo cómo hace Blancanieves para vivir entre ocho hombres y no hacerse un cavado decente – rió Rapunzel.
No acababa de decir eso cuando se escuchó nuevamente el timbre. Cenicienta volvió a atender de la misma forma.
– Gorditaaaaa, somos nosotras!! – gritaron tres voces, desde el otro lado del portero eléctrico.
Al abrir la puerta, tres mujeres entraron. Eran Aurora, Blancanieves y Bella. Traían bolsas que tintineaban con el inconfundible sonido de botellas entrechocándose. Besaron a Rapunzel y Cenicienta y comenzaron a sacar las bebidas que habían traído.
– Yo te digo, con medio vasito de cerveza ya me duermo – dijo Aurora con gravedad.
– Boluda, vos te dormís sin necesidad de tomar nada – le respondió Bella, mordazmente.
– Ya quisiera yo dormirme a cada rato – se quejó Blancanieves, tirándose en el sillón – con los enanos y el boludo de mi marido, todo el día fregando, ¿sabés como termino?
Rapunzel estaba prendiendo un cigarrillo, y miró a Blancanieves y le sonrió.
– ¿Querés? – dijo.
– No, gracias negra, te agradezco… pero ya dejé el hábito… con eso de que trabajan en la mina, cuatro enanos son asmáticos, ni un pucho me puedo fumar tranquila… – suspiró Blancanieves.
– Pegales una patada en el culo y venite conmigo! – le respondió Cenicienta. – Si total mi marido no está nunca!
– El mío se va a pescar todos los fines de semana – se quejó Aurora.
– Sí, “pescar” se le dice ahora – sonrió Bella.
– Callate que tu marido es un gordo peludo con olor a chivo – le contestó mordazmente Aurora. Todas rieron, menos Bella.
– Seamos realistas, mujeres – interrumpió Rapunzel. –¿Qué marido se queda con nosotras? Nos pintan como boludas sufridas en los cuentos, hasta que aparece el maravilloso imbécil que nos rescata, ¡Como si no pudiéramos valernos por nosotras mismas! Y claro… lo hacen ver como el salvador…
– El único
– El romántico…
– ¡El valiente!
– Sí, pero al final terminan siendo unos vagos de mierda, que no saben manejar ni un reino, y que encima les crece la panza… Por eso me divorcié – terminó Rapunzel.
Hubo un silencio prolongado… Todo el mundo las tenía como las maravillosas y deseadas princesas de los cuentos, pero ahí estaban… sentadas en torno a una mesa, ingiriendo bebidas alcohólicas para olvidar el mal giro que había dado su cuento de hadas. Todavía seguían siendo princesas. Sí, tenían estrías, celulitis, Rapunzel tenía extensiones, Blancanieves se teñía el pelo por la aparición de rebeldes canas… pero ahí estaban ellas, todavía esperando a su príncipe azul… Todavía esperando que él las rescate, porque todas estaban convencidas que ellas los habían rescatado a ellos.
Aurora se paró e interrumpió el silencio…
– Propongo un brindis, chicas… Por nuestra amistad…
– Por todo lo que tenemos para dar todavía – dijo Cenicienta.
– ¡Porque estamos juntas! – alegó Bella.
– Y porque todas sabemos… – dijo Blancanieves…
– QUE EL PRÍNCIPE AZUL DESTIÑE EN EL PRIMER LAVADO!! – gritaron todas al unísono, haciendo fondo blanco.
Dedicado a MI Dany, que siempre me repitió esa frase.
Dedicado a MI Dany, que siempre me repitió esa frase.
